Fátima Ortiz: La voz de los humedales que conecta a la ciencia nacional
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En los humedales del sur de Paraguay, donde la oscuridad oculta a especies esenciales, la investigación encuentra una metodología innovadora para descifrar sus secretos ecológicos. Fátima Natalia Ortiz, bióloga formada en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de Asunción (FACEN-UNA), representa a una nueva generación dedicada a la conservación de la biodiversidad.
Según una publicación en el sitio oficial de la Universidad Nacional de Asunción (UNA), su trabajo interdisciplinario, reconocido con el «Premio Mujeres Paraguayas en la Ciencia – Edición 2025» de la Dirección General de Investigación Científica y Tecnológica (DGICT-UNA), abarca desde la vocación temprana por la naturaleza hasta la implementación de tecnologías acústicas para el estudio de aves nocturnas. Además, su labor evidencia los desafíos logísticos, ambientales y de género en el trabajo de campo, proyectando un puente vital entre la generación de conocimiento en la UNA, la colaboración con otras universidades y la creación de políticas públicas. ¿Pero cómo nace esta profunda conexión con un entorno tan complejo y vital?
Esta conexión con la naturaleza se remonta a su niñez y se consolidó durante su formación universitaria, etapa en la que tomó conciencia de la enorme vulnerabilidad de la riqueza biológica nacional. Dicha inquietud la impulsó a enfocar su trayectoria en la ecología, centrando sus esfuerzos en los humedales del sur. Estos ecosistemas resultan estratégicos por sus múltiples funciones: regulan el ciclo del agua, almacenan carbono, amortiguan inundaciones y sirven como sitios clave de descanso para especies residentes y migratorias. Sin embargo, estudiar a la fauna que habita estas zonas prioritarias presenta obstáculos singulares, especialmente cuando desaparece la luz solar.
Al caer el sol, el monitoreo de especies como búhos, lechuzas y el urutaú exige abandonar la observación visual tradicional debido a su comportamiento críptico de baja detectabilidad. Para superar este límite, Ortiz implementa el monitoreo acústico pasivo, utilizando grabadores automáticos y software sonoro para registrar presencias e identificar dinámicas ecológicas vinculadas a factores como las fases lunares. Este enfoque se materializa en su proyecto “Melodías del Sur”, una iniciativa orientada a explorar la biodiversidad desde una perspectiva sonora para visibilizar los ecosistemas. No obstante, adentrarse en la oscuridad para escuchar a la fauna silvestre conlleva enfrentarse a barreras que trascienden lo puramente metodológico.
Las barreras que superan lo técnico incluyen exigentes condiciones de logística y seguridad durante el trabajo de campo nocturno, un entorno que advierte ser más complejo para equipos conformados exclusivamente por mujeres. A estas dificultades se suma la evidente presión de las actividades humanas sobre el medioambiente; la expansión agrícola y las alteraciones hidrológicas impactan directamente los hábitats y los recursos disponibles. En consecuencia, esto afecta el comportamiento de las aves, que actúan como indicadores vitales de la salud ambiental y cumplen roles clave como el control de poblaciones y el reciclaje de nutrientes. Ante este escenario crítico de presión ambiental, la labor científica no puede quedarse aislada únicamente en el campo de estudio o en los laboratorios.
Salir de los espacios cerrados de investigación implica traducir la evidencia científica en políticas públicas y en alianzas estratégicas. Los datos generados deben servir para la planificación territorial y la creación de áreas protegidas en ecosistemas como el Chaco, los humedales y pastizales. El recorrido de Fátima Ortiz ejemplifica cómo la producción científica gestada en la UNA sirve como un punto de encuentro para articular esfuerzos con profesionales de investigación de otras universidades e instituciones, consolidando redes de apoyo vitales. La docente y encargada de laboratorio, resalta la necesidad de incentivar vocaciones científicas desde la infancia y fomentar la equidad, demostrando que defender el patrimonio natural requiere del trabajo articulado de toda la comunidad académica.