La celebración del Día Mundial del Medio Ambiente este año es inusual. Mientras el mundo busca cómo combatir la pandemia y reducir los impactos económicos y sociales, la naturaleza nos hace un llamado más fuerte para protegerla. Esa conexión inexorable entre naturaleza y energía es movimiento, es fuerza, es transformación.

Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el cambio climático, aunque se desarrolla más gradualmente, implica riesgos y desafíos tan grandes como los presentados por el COVID-19. Ambos no respetan los límites geográficos, ponen vidas en riesgo y exigen acciones a gran escala de los gobiernos.

En medio del trágico costo económico y humano, la pandemia ofreció beneficios ambientales inusuales en abril pasado, como un aire más limpio y menores emisiones de carbono. Según la Agencia Internacional de Energía, se espera que las emisiones globales de CO2 disminuyan en casi un 8 % este año, la mayor reducción en la historia. Estos datos, si bien muestran el lado positivo de un momento crítico para la humanidad, también destacan el gran desafío que se avecina. Los costos sociales de la recesión muestran que esta no es una solución para reducir de manera estructural las emisiones. El camino para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París debe pasar por el desacoplamiento entre el crecimiento económico y el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Los gobiernos han respondido al COVID-19 con un aumento sin precedentes en el gasto público, que definirá la infraestructura de los países en las próximas décadas. Aprovechar este momento para la implementación de paquetes de estímulo «verde» es el camino para que la recuperación de la economía ponga al mundo en la dirección correcta. Las crisis del COVID-19 y la crisis climática están vinculadas umbilicalmente, la forma en que los gobiernos elijan enfrentar el daño causado por el primero definirá cómo la humanidad estará preparada para enfrentar el segundo.

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