Francia es la sexta economía del mundo. Su PIB per cápita es de 33.400 euros. Tiene un Índice de Desarrollo Humano que está entre los 20 más altos del mundo. Su riqueza histórica, cultural, gastronómica y paisajística le convierte en el país que más turistas recibe al año el mundo. Sin embargo, el descontento de la población es evidente y las manifestaciones sociales han estado entre las más violentas que ha vivido Europa occidental en los últimos años. Macron: «Lucharé contra la división que nos está mermando», prometió el flamante mandatario francés.

Además, el terrorismo yihadista ha golpeado de forma brutal a una nación aquejada de un crecimiento económico endeble, un mercado laboral poco flexible y un endeudamiento desorbitado. Son los retos para el líder de En Marcha!, Emmanuel Macron vencedor este domingo en la segunda vuelta. ¿Qué está fallando entonces en el país galo?

1. Desempleo

Aunque desde España puede resultar ridículo decirlo, el desempleo es uno de los principales problemas que atraviesa Francia desde hace tiempo. La tasa de parados ha ido bajando progresivamente en los últimos dos años, hasta situarse en el 9,7% en el último cuatrimestre de 2016 «es la cifra más baja desde 2012», pero 2.783.000 personas siguen desempleadas, 1,2 millones de las cuales llevan más de un año buscando empleo.

Además, la tasa de desempleo entre los jóvenes es del 25%. La comparación con los países de su entorno -Benelux y Alemania- deja en mal lugar a los franceses. Para muchos expertos, uno de los grandes problemas de la economía francesa es el propio mercado laboral.

Es considerado uno de los más estrictos del mundo, lo que provoca muy poca flexibilidad y baja contratación, especialmente entre los jóvenes. Además de los elevados costes de contratación y despido, el salario mínimo es bastante alto, de 1.480 euros, lo que agrava el problema del desempleo juvenil. Como consecuencia, en Francia se ha ido formando un mercado laboral dual, con importantes diferencias entre los empleados con contratos indefinidos y los temporales. Para solucionar este problema, el Gobierno de François Hollande aprobó una reforma laboral inspirada en la española, contestada con una gran crispación social. Las medidas aprobadas estaban destinadas a facilitar el despido, quitar poder a los convenios sectoriales en favor de los empresariales y a flexibilizar la criticada jornada semanal de 35 horas.

2. Crecimiento débil

Entre 1995 y 2007, Francia fue el país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) que menos creció, exceptuando a Italia. Además, entre 2012 y 2016, la serie cronológica de crecimiento anual del PIB galo es: 0,2, 0,6, 0,6, 1,3 y 1,2%. La expectativa gubernamental para este año es del 1,5%. Sin duda, cifras muy bajas para la sexta potencia económica mundial.

Hay varias teorías que explican el endeble avance francés, muchas de ellas relacionadas con los problemas del mercado laboral. Así, la falta de adaptación del mercado de trabajo francés, su excesiva rigidez para adaptarse a lo que necesitan las empresas «algo en lo que también influiría la jornada laboral de 35 horas», sería uno de los factores que lastrarían a la economía gala. Estos problemas de adaptación se verían agraviados por la competencia directa de Alemania, una economía más estructurada y modernizada que la gala. Este hecho está detrás de los discursos euroescépticos de Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon.

Por último, entre los círculos más liberales también existen alusiones al excesivo tamaño del Estado, que equivale al 57% del PIB anual del país. Los impuestos son altos: el de Sociedades es del 33%, con recargos a las grandes compañías. El de la Renta es progresivo, desde el 0% para los que cobran menos de 9.690 euros hasta el 45% para los sueldos que superen los 151.956 euros. Además, el Impuesto sobre el Valor añadido es del 20%.

3. Endeudamiento

Como tantos países europeos, Francia viene registrando niveles altísimos de déficit y deuda pública durante la última década. El déficit público galo alcanzó un pico del 7,2% en 2009, un desfase de casi 140.000 millones de euros. Es por ello, al igual que los españoles, los franceses siguen inmersos en el procedimiento de déficit excesivo implantado por la Comisión Europea, ya que aún no han conseguido reducirlo por debajo del 3% que marca Bruselas (3,4%en 2016). Las previsiones gubernamentales prometen pasar el examen este año con un déficit de las cuentas públicas del 2,8%.

Si hablamos de deuda pública, la francesa es la séptima más alta la Unión, en el último trimestre de 2016, tras una pequeña bajada, era equivalente al 96% del PIB. En total, los galos deben 2,15 billones de euros. Como consecuencia, las agencias de rating han reducido la calificación de la deuda francesa a AA.

Para intentar rebajar los desorbitados porcentajes de deuda y déficit, el socialista François Hollande se ha visto obligado a aprobar recortes de gasto público. Su partido no ha escapado a las consecuencias: Benoît Hamon, el candidato del Partido Socialista a las presidenciales, tan sólo obtuvo 2.300.000 votos, cinco años antes, a Hollande le habían votado 10.300.000 personas en la primera vuelta a las presidenciales.

4. Encaje comunitario

En un punto en el que el Brexit ha supuesto el primer desmembramiento de la historia de la Unión Europea, las miradas europeas se habían posado en París, uno de los pilares que, junto a Berlín, sostiene el proyecto comunitario. Sin embargo, a raíz de los problemas económicos de los últimos años, la desconfianza en la Unión se ha acrecentado. Como ya se ha mencionado, los franceses también han tenido que sufrir los recortes impuestos por Bruselas. Además, muchas voces creen que el mercado y la moneda común perjudican a la economía francesa al verse eclipsada por la competitividad alemana.

Pese a que la propuesta lepenista de salir del euro para volver al franco es rechazada por un 72% de los ciudadanos, el gran número de apoyos que ha recibido el Frente Nacional pone de manifiesto que el euroescepticismo francés va en aumento. En un sondeo publicado por Les Echos, un 54% de los ciudadanos se declaraba a favor de la celebración de un referéndum sobre la permanencia de Francia en la Unión Europea.

5. Amenaza terrorista

Desde que, en enero de 2015, un comando armado yihadista atacase la sede parisina de la revista Charlie Hebdo matando a 12 trabajadores, el terrorismo fanático islamista se ha convertido en una de las grandes preocupación de los ciudadanos franceses. En los últimos dos años y medio, la lista de atentados es brutal y tristemente larga: dos días después del ataque contra la publicación satírica, cuatro personas fueron asesinadas en el secuestro de un supermercado judío. En junio de ese año, un hombre decapitó a su jefe en la industria Air Products.

En noviembre se produjo el peor atentado terrorista de la historia de Europa desde la masacre de Atocha: 130 personas murieron en varios tiroteos en diferentes puntos de París, el más grave de ellos dentro de la célebre discoteca parisina de Bataclan. Meses después, en julio de 2016, en la celebración del Día Nacional de Francia, un hombre al volante de un camión perpetró un atropello masivo en el paseo marítimo de Niza en el que 86 personas murieron. Por último, el 20 de abril, tres días antes de que se celebrase la primera vuelta de las elecciones, un policía murió tiroteado en los Campos Elíseos de París.

Lógicamente, la política de seguridad -la antiterrorista, concretamente- se ha convertido en protagonista de las elecciones. La medida estrella propuesta por Hollande, una reforma constitucional que limitaría el «derecho de suelo» para implantar la retirada de la nacionalidad a los ciudadanos condenados por terrorismo, fue rechazada por la oposición parlamentaria.

6. Inmigración

La sucesión de atentados terroristas relacionados con el islamismo radical, muchos de ellos reivindicados por el grupo Estado Islámico, ha ahondado en la brecha que aísla a la minoría que profesa el Islam (4.710.000 personas, representan el 7,5% de la población).

La integración de este colectivo en la sociedad francesa está lejos de completarse, y eso que los galos son el tercer país de la Unión Europea con un mayor porcentaje de población musulmana. Poco después de los atentados de Charlie Hebdo, el exdirector de Le Monde Jean-Marie Colombani publicaba una tribuna en El País en la que explicaba que «la integración de los musulmanes es una gran asignatura pendiente»: «Francia está redescubriendo todos sus problemas sin resolver;(…), las segregaciones étnicas, la guetización de barrios y ciudades dormitorio».

La violencia yihadista ha provocado más recelos contra la inmigración, representados en su forma más explícita en el apoyo al mensaje del Frente Nacional de Marine Le Pen. En el citado sondeo del diario Les Echos, un 51% de los encuestados se declaraba a favor de que Francia saliera del Espacio Schengen de libre circulación de ciudadanos europeos.

Fuente: El Economista

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