Durante años, los responsables políticos han tratado la deuda pública como una banda elástica que podía estirarse sin romperse. Se estiraron durante la crisis financiera mundial y de nuevo durante la pandemia de COVID-19. Hoy, con la deuda pública superando la producción económica anual en varias de las principales economías avanzadas, la pregunta es: ¿cuánto queda para la próxima crisis? A continuación, el Fondo Monetario Internacional (FMI) analiza esta cuestión. Previamente, pongamos en contexto la situación de Paraguay que en febrero de este 2026 y luego de haber conseguido su segundo Grado de Inversión en diciembre 2025, la República del Paraguay volvió a marcar presencia en los mercados internacionales con dos exitosas emisiones. El país lanzó la tercera emisión de Bonos Soberanos en moneda doméstica, alcanzando un monto total de Gs. 6.506.960.000.000, equivalente a USD 1.000 millones (tipo de cambio de la operación: Gs. 6.506,96), con una tasa de interés del 8,5%, y un plazo sin precedentes de 12 años. Además, realizó la reapertura del bono en dólares estadounidenses por un valor de USD 300 millones, con vencimiento en 2055.

Desde la mirada del FMI, el aumento de la deuda preocupa en todo el mundo, y con razón, como analiza en esta ocasión el organismo financiero multilateral. Los niveles de deuda en varias economías avanzadas son los más altos jamás alcanzados en tiempos de paz, lo que eleva el coste de los préstamos tanto para los gobiernos como para los consumidores. El aumento de la deuda y las altas tasas de interés plantean a los responsables políticos decisiones difíciles: subir los impuestos, recortar el gasto en servicios y prestaciones esenciales, avivar la inflación o retrasar el ajuste de cuentas endeudándose aún más y rezando para que los mercados no impongan una prima demasiado alta.

Todo esto dificulta cada vez más la gestión de las disyuntivas inherentes a la política fiscal, destacan los especialista Era Dabla-Norris y Rodrigo Valdés, del  FMI . A medida que las sociedades envejecen y las economías se desaceleran, los costos de las pensiones y la atención médica aumentan más rápido que la recaudación fiscal. En muchas de las regiones avanzadas y emergentes del mundo, estos costos recaen sobre una fuerza laboral en disminución.

¿Cómo alcanzó la deuda niveles tan vertiginosos? En Estados Unidos, Alan Auerbach señala la creciente polarización política, que impide el consenso bipartidista necesario para medidas impopulares pero necesarias, como subidas de impuestos o recortes del gasto. En la misma línea, Alan Blinder lamenta el choque entre los economistas, centrados en la eficiencia, y los políticos, que no ven más allá de las próximas elecciones. Políticos y economistas deben aprender a hablar el mismo idioma , afirma.

El exceso de ahorro —de los ricos en las economías avanzadas y de China en general— está alimentando las deudas y los déficits para sostener el crecimiento económico,  afirman. Pero este modelo de crecimiento basado en la «demanda endeudada» es inherentemente frágil, escribe.

Sanear las finanzas públicas será difícil, pero no imposible, según otros expertos. Estiman la magnitud del ajuste necesario en las economías europeas avanzadas, como Francia y Alemania, y concluyen que medidas bien calibradas, como reformas para impulsar el crecimiento económico y consolidar la disciplina fiscal, pueden encaminar la deuda hacia una senda sostenible sin sacrificar la inversión a futuro. Grecia, Irlanda y Portugal enfrentaron graves crisis fiscales hace 15 años y ahora son ejemplos de disciplina, señalan.

Estos son ejemplos positivos. Sin embargo, la tensa geopolítica actual aumenta el riesgo de interrupciones del suministro que amenazan con la estanflación y, en última instancia, ejercen mayor presión sobre las finanzas públicas, destacan otros analistas. Centrándose en la relación entre las autoridades fiscales y monetarias, plantean la perspectiva provocadora de que un ajuste sostenible probablemente requerirá una tolerancia pragmática a los períodos de inflación superior al objetivo.

Si bien esto puede no ser atractivo, las alternativas tampoco lo son. Hay pocas maneras elegantes, fáciles o políticamente atractivas de reducir la deuda. Al mismo tiempo, «sanear las finanzas públicas no implica una austeridad indiscriminada», expresan Dabla-Norris y Valdés. La historia demuestra que las personas son más propensas a aceptar reformas dolorosas si creen que la carga se comparte de manera justa. En ese sentido, sugieren medidas para aumentar la transparencia de las finanzas públicas, lo que a su vez generaría confianza pública y reduciría la brecha entre lo políticamente posible y lo técnicamente factible.

Por desalentador que parezca todo esto, la innovación puede dar esperanza: la próxima ola de avances tecnológicos podría reactivar el crecimiento global y reducir la carga de la deuda. Aun así, no podemos esperar a que llegue ese día para empezar a gestionar la deuda con prudencia. Se requiere disciplina urgentemente. La alternativa, como demuestran nuestros colaboradores, es un riesgo creciente de turbulencia económica y de pérdida de confianza en el gobierno.

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